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Es difícil que pase un día sin que los medios de comunicación y las Organizaciones no Gubernamentales (ONG) informen sobre la crisis humanitaria en Gaza. El bloqueo de Gaza se ha convertido en un asunto de la mayor importancia en el discurso internacional acerca de los derechos humanos. Por cierto, las dificultades con que tropieza la población de Gaza -un enclave abyecto y dependiente- es auténticamente penoso aun sin considerar las bajas y la destrucción causadas durante la última guerra. Además, las supuestas historias que trascendieron recientemente acerca de que soldados israelíes mataron a civiles, exacerbaron la imagen pública de Israel -una caricatura de Oliphant que compara a un soldado luciendo una letal Estrella de David con un soldado nazi es, precisamente, una abominable manifestación de aquel fenómeno. Esa acusación debiera ser sometida a una investigación minuciosa, sin ocultamientos, a cargo de un organismo judicial independiente.
El sufrimiento de la población de Gaza es el sufrimiento de seres humanos aunque la tragedia se haya abatido sobre ellos debido al liderazgo que eligieron. Y realmente no importa -en este contexto- que las penurias podrían desaparecer de la noche a la mañana si Gaza estuviese gobernada por dirigente que prefieren la vida y la paz a la muerte y la guerra. PERO JUNTO a la crisis en Gaza, también hay una crisis humanitaria israelí, y simultáneamente con el cerco de Gaza existe un bloqueo contra Israel. Buena parte de este pequeño país está expuesta a brutales ataques desde Gaza y los efectos psicológicos de esta situación son sentidos por todos los israelíes.
Es cierto, Gaza es más pequeña que Israel, pero tiene frontera con Egipto, no un estado árabe cualquiera. Es un país que se proclama la madre de todos los árabes y es un fiel defensor de la causa palestina. Israel no tiene fronteras con estados de los que pueda decir que son sus “parientes”, y si bien las tiene en paz con dos países -Jordania y Egipto-, los israelíes no se sienten bienvenidos allí. Esto ocurre especialmente en Egipto, donde perciben una barrera de odio contra su país y su pueblo.
También es cierto que la frontera de Gaza con Egipto está prácticamente cerrada pero esto puede cambiar cualquier día, toda vez que los gobernantes dejen de usarla para el contrabando de armas y misiles para guerrear contra el Estado Judío. Los israelíes, por el contrario, no ven la posibilidad de que se levante el virtual cerco contra su país. Por el contrario, el odio y el rechazo que encuentran cuando cruzan sus fronteras sólo crecen a pasos agigantados.
EL SENTIDO del asedio se intensifica no sólo por el cierre de las fronteras sino, también, por el hecho de que la mayoría de los israelíes residen cerca de áreas palestinas hostiles, y la existencia de asentamientos judíos en esas zonas no constituyen un atenuante para israelíes como este autor, que ven en ellos una de las principales causas de su resentimiento y pesimismo. De hecho, esas áreas palestinas -a corto viaje de coche de la casa de la mayoría de los israelíes- están vedadas para los judíos. Cualquier israelí que fuese hecho prisionero allí por terroristas no gozaría de ningún derecho humano de los reconocidos por la legislación internacional, y no sabrán nada de él sus familiares y amigos. Ninguna organización de derechos humanos -incluidas las israelíes- pronunciará una palabra de protesta o demandará que se permita a la Cruz Roja internacional visitar al prisionero.
En realidad, nuestra crisis humanitaria consiste también en la constante ansiedad en torno de nuestros hombres capturados. El desasosiego que envolvió a todo el país cuando no teníamos certeza sobre si nuestros dos soldados prisioneros -Eldad Regev y Udi Goldwasser- retornarían con vida o muertos desde Líbano no eran asunto de interés para las ONG´s de derechos humanos, ni las del exterior ni las locales. Un prisionero de guerra palestino puede siempre protestar por malos tratos ante la Corte Superior de Justicia, pero todo israelí sabe que si se aventura en un territorio palestino puede desaparecer, o ser linchado a la luz del día.
Esto es también parte del bloqueo en que se halla Israel.
Y existen oros componentes de la crisis humanitaria. La campaña de odio contra Israel y los judíos llegó a niveles que deben calificarse como equivalentes a los de la propaganda nazi antes del Holocausto. Y el hecho de que esa campaña es apoyada e instigada por judíos y académicos israelíes no hace más fácil la crisis. Es cierto, el país debe obrar como una democracia liberal y nunca compararse con los regímenes árabes; nosotros debemos investigar todo presunto crimen. Pero esto no disminuye el agobio diario de nuestra crisis humanitaria.
Y hay otro pequeño asunto que las ONG´s de derechos humanos -locales y del exterior- tienden a pasar por alto: sobre los israelíes pende la constante amenaza iraní de borrar a su país y al pueblo del mapa con armas nucleares. Es obvio que esta amenaza, proferida por el líder de una nación rica y poderosa, en cierto modo no es considerada una violación de los derechos humanos, y este hecho es también parte de mi propia crisis humanitaria.
El autor es profesor de Derecho en el Centro Interdisciplinario de Herzlía, ex legislador y ministro de Educación. En 2006 fue laureado con el Premio Israel en Leyes.
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