
Allí fuera, por encima de mí, comerciantes árabes pregonan su mercancía; a pocos minutos de allí el zumbido del tren ligero que va enhebrando los barrios de la ajetreada metrópoli. Pero nueve metros debajo del nivel de la calzada, en el foso que rodea a la Torre de David, la moderna y vibrante ciudad de Jerusalén pareciera estar a una distancia de años luz. Aquí, para quienes entienden su lenguaje, las piedras de la antigüedad divulgan sus secretos. Este es un cruce de caminos en la historia de nuestro pueblo, que abarca tres milenios. Un estrato de roca tras otro, van revelando las profundas raíces que enlazan al pueblo Judío con Jerusalén.
Me encuentro frente a una cantera de piedra del período del Primer Templo y me transporto 3.000 años en el tiempo, cuando el Rey David compró de los Jebuseos la cima de una colina y la transformó en su capital.
Sin dudarlo, por este mismo lugar anduvieron los picapedreros que tallaron las enormes piedras empleadas en la construción de los edificios reales. Me pregunto en qué pensarían y qué era lo que veían. En tanto medito, intuyo la presencia de otra mujer, Maaja, la esposa de uno de los picapedreros. Quizá vino a traerle su almuerzo…
Maaja observa a su alrededor, con los ojos clavados en el espacio, mirando más allá del tiempo. ¿Hay algo que pueda preparar a esta mujer Israelita para afrontar los sufrimientos y aflicciones que les esperan a sus hijos? ¿El exilio de sus descendientes de Babilonia dentro de unos siglos?
¿O la devastación de su querida ciudad por los romanos y la dispersión de su pueblo por todo el mundo? ¿Puede imaginar esa mujer el infierno que sería la inquisición española? ¿O a los cruzados cuando los judíos de Europa fueron masacrados por bandas de caballeros merodeadores en ruta para "liberar" la Tierra Santa de los infieles? ¿O pudo suponer la carnicería que perpetraron los cosacos? ¿O los monstruosos horrores de la Shoá, que diezmó los remanentes del Pueblo Judío?

Maaja sigue escudriñando el horizonte, esforzándose para escuchar la voz, aún en sordina, del todavía no nacido profeta Ezequiel: "Yo abriré vuestras tumbas y os traeré a la Tierra de Israel". ¿Puede esa mujer - quizá mi ancestro- en su sueño más estrafalario imaginar el renacimiento de un Estado Judío después de 2.000 años de exilio y persecuciones? ¿Acaso puede presentir el indescriptible éxtasis del retorno de Jerusalén a la soberanía Judía 1.832 años después que los romanos arrasaran el Monte del Templo y expulsaran a los judíos de la ciudad? ¿Puede ella imaginar siquiera a los paracaidistas judíos llorando abrazados al Muro Occidental que rodeaba al templo, el único vestigio del sitio más sagrado del pueblo de Israel? ¿Puede imaginar la existencia de paracaidistas? ¿Cómo podría saber que alguno de sus tataranietos a lo largo de las generaciones podría estar entre los libertadores de la Ciudad Santa?
No obstante, una sonrisa ilumina el rostro de Maaja al mirar hacia el norte. Ve los bulliciosos nuevos barrios que se edificarán para alojar a la creciente población de Jerusalén, para recibir las olas de inmigrantes que regresarán al hogar de su pueblo desde todos los confines del mundo.
Da un vistazo hacia el sur. Allí debajo está la Piscina del Sultán, donde convergen los jerosolimitanos para escuchar conciertos en los calurosos meses del verano. Ve el pintoresco barrio de Mishkenot Shaananim, el primero en construirse fuera de las murallas de la Ciudad Vieja, donde se celebrarán festivales y actividades culturales, y ve la Cinemateca, en la que se exhibirán películas de calidad internacional.
Hacia el oeste, Maaja ve un moderno centro urbano y los muchos barrios que se extienden más allá. ¿Cómo es que ese diminuto pueblo creado por David en la colina devendrá un día en la ciudad más grande de Israel?

Mira hacia el este y encuentra el imponente paisaje del Monte de los Olivos, y a su vera el Monte Scopus, que se convertirá en la sede de la Universidad Hebrea y del Hospital Hadasa. ¿Puede Maaja fantasear siquiera con que un día su pequeña ciudad natal albergará instituciones de renombre mundial en las áreas del saber y la medicina?
En tanto Maaja vuelve a su pasado, yo pienso en la extraordinaria historia de su ciudad - de nuestra ciudad - y sobre la resistencia única de nuestra nación. Tenemos el privilegio de ser testigos del milagroso renacimiento del Estado Judío y de la renovación de nuestro pueblo, algo que nuestros antepasados sólo hubiesen podido ver en sueños. A pesar de ello, vivimos una era cargada de desafíos y peligros. La seguridad de nuestro pueblo, nuestro bienestar nacional y nuestra prosperidad son objetivos que nunca debemos dar por sentados. La historia nos ha enseñado los peligros de la complacencia. Pero el pasado también nos enseñó que la llave de nuestra supervivencia radica en nuestra fortaleza interior, en la fe, en nuestra visión del futuro y en nuestra determinación.
Con la ayuda de Dios continuaremos creciendo y floreciendo en la Tierra de Sión, Jerusalén.
La Profunda Conexión del Pueblo Judío con Jerusalén: El Foso de la Torre de David
La Torre de David (histórico apodo derivado de un error de los Padres de la Iglesia al identificar ese sitio con el descripto por el historiador Flavio Josefo como una gran colina en el sector occidental de la ciudad) es en realidad una alcazaba medieval erigida para proteger a Jerusalén; fue edificada sobre los restos de la torre de Fasael, construída por el Rey Herodes (en el último siglo a.EC). Fue uno de los muchos lugares históricos devueltos a la soberanía Judía en la Guerra de los Seis Días de 1967, tras los 19 años de la ocupación Jordana en Jerusalén.
 El foso que circunda la fortaleza sirvió como primera línea en la defensa contra los enemigos. Excavaciones arqueológicas realizadas en la década de 1980 bajo la supervisión de Renée Siván, revelaron fascinantes hallazgos de construcciones antiguas que datan de unos 3.000 años y reflejan la prolongada y colorida historia de la población judía en la ciudad; también encontraron una cantera de piedra explotada en el período del Primer Templo. Es evidente que sus piedras fueron utilizadas en la construcción de algunos de los monumentales edificios durante la dinastía Davídica. Piedras enormes ya cinceladas aunque nunca extraídas del lecho de la roca indican que fue abandonada de forma repentina. Cerca de allí hay un gran muro de piedra presuntamente de aquel mismo período.
No lejos del lugar hallaron una mikve (baño ritual) que, se cree, fue parte del palacio de Herodes hace más de dos milenios. Se puede ver claramente una mampara que separa entre la escalera de "abajo", que conduce a la mikve a los ritualmente impuros, y la escalera de "arriba", por la que transitan los que ya se han purificado. Entre los descubrimientos más espectaculares hasta la fecha se cuentan los restos de una gran escalera que llevaba hacia las dos gigantescas piscinas de las que gozaban Herodes y su corte. En el curso de las excavaciones se desenterraron centenares de monedas del tiempo de los Hasmoneos.
El palacio fue construído por encima de las casas Hasmoneas. Siván, actualmente Curador Jefe del Museo de la Torre de David, cree que el fuerte también sirvió a los reyes Hasmoneos pero que fue realzado y hecho más grandioso por Herodes.
Keren Hayesod-UIA, en cooperación con el Gobierno de Israel, está apoyando la iniciativa y un proyecto destinado a facilitar al público el acceso al foso, y para dar a conocer los impresionantes hallazgos arqueológicos. Como parte del esfuerzo, las paredes serán reforzadas y conservadas, y el foso será transformado en un centro ultramoderno de visita.
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